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LEVIATÁN - Carlos Sánchez Músico, miembro de Izquierda Socialista-PSOE y Foro Ético

05/11/14
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Vuelve a saltar el escándalo. El enésimo, si no me fallan las cuentas. En esta ocasión, en el centro del foco, vuelve a estar una caja de nombre Bankia, o Caja Madrid, que uno ya no sabe bien de lo que habla, que es una de esas que cajas que debieran haber sido públicas, y según parece, o eso nos cuentan los medios, dejaron de serlo en algún momento para convertirse en un latrocinio institucionalizado. Parece ser, o eso nos cuentan los medios, que ciertos gerifaltes, hicieron uso (o abuso) de unas tarjetas opacas de esas que no dejan rastro de los vicios de sus usuarios, o al menos fue así hasta que los denodados esfuerzos de los medios de comunicación por contarnos "la verdad", o al menos su verdad, dieron los jugosos frutos que, pese a no llegar a saciarnos del todo a los parroquianos del escarnio, es innegable que nos mantiene entretenidos.

Cierto es, que todo este oscuro asunto de las tarjetas deja entrever las costuras morales de nuestra clase política, pero es también notable que en la gran mayoría de los casos, no se trata de ningún político de primera fila, salvo en dos o tres a los que, por sobreexposición y reiteración, resultaba procesalmente oportuno dejar al pie de los caballos. Sirvan como ejemplo Miguel Blesa, Rodrigo Rato o el convicto Díaz Ferrán. Por otro lado, la cuantía total del abuso, pese a resultar exagerada para el común de los españoles, no supera la cuantía del sueldo anual de Cristiano Ronaldo, por poner un ejemplo que podamos conocer todos. Y no digamos ya comparándola con el rescate bancario que hemos pagado entre todos los españolitos, o con la cuantía de las facturas que quedan por pagar en relación a los contratos armamentísticos absolutamente innecesarios y mantenidos deliberadamente al margen de cualquier partida presupuestaria. Sólo para satisfacer estos dos conceptos, saldrá de los bolsillos de todos nosotros la muy respetable cifra de 140.000 millones de euros, para engordar aún más unos pocos bolsillos invisibles, como invisible es la mano que rige los designios de la economía mundial, la santísima trinidad del libre mercado.

Sin embargo, aquí estamos todos, esos a los que Ortega llama las masas, deglutiendo hasta la última víscera del penúltimo cadáver político, que aún humeante, nos ha sido servido con todo lujo de aderezos y atavíos. Aún con el sabor en la boca del cadáver de Pujol, nos invitan a degustar este apetitoso postre. Unas deliciosas tarjetas opacas, que nos harán olvidar el plato anterior. Y es que los escándalos, para que surtan el efecto deseado, precisan de ser dosificados cual goteo al enfermo, poco a poco, en una oscura letanía que parece no tener fin. No conviene que todo estalle de golpe. Conviene, que día tras día, los taciturnos seguidores de la crónica del fraude, vayamos asimilando, y por tanto interiorizando sus efectos. De esta manera, resultan previsibles las consecuencias de tan pesada digestión. La consabida indignación, tan traída y tan llevada, y que muchos pretenden patrimonializar, pero nadie parece conseguirlo del todo, es el resultado de meses, años quizás, de obstinación inducida. Esta indignación, cuya hoja de ruta viene marcada por una actualidad a menudo diseñada en algunos medios de intoxicación, lleva camino de enquistarse hondamente en las entrañas del tejido social.

Lo que a priori podría resultar un ejercicio de libertad de información, a la postre se revela como una explosión controlada, que nunca llega a despertar la ira incontenible de las masas de manera definitiva, y que, aprovechando el natural discurrir de las pasiones humanas va horadando en la opinión pública un cabreo concomitante, informe, desideologizado, irreflexivo en muchos casos, voluble, y altamente maleable, muy propicio para la búsqueda histérica de consuelo en linchamientos pasajeros y redenciones mesiánicas. Y es que, al igual que existe la libertad de información, existe la libertad de financiación, y los poderes del capital no financian nada que no vayan a poder amortizar. Por tanto, si un cadáver político llega a nuestra mesa, es porque hay alguien que pretende cobrarse el convite. Y en esta regla no hay excepción. O dicho de otro modo; el foco jamás llegará a alumbrar a los verdaderos instigadores de todo esto porque son ellos los que han de dotar de la suficiente potencia al foco, que siempre se quedará impotente en la mitad de la pirámide sin jamás llegar a alumbrar la cúspide.

Decía el gran filósofo del postmodernismo, Tony Soprano, que para averiguar quién era el autor de un crimen, sólo había que buscar al beneficiario. Observando pues, bajo el prisma de estas sabias palabras el común de los casos de corrupción que se nos presentan como el súmmum de nuestra decadencia social, advierto que los beneficiarios de la debilidad institucional generalizada que padecemos, son generalmente fondos de inversión, anónimos, que controlan a su vez sociedades anónimas, entre las que se encuentran grandes grupos de comunicación, depositarios del 70% de las noticias que consumimos, y que son los que, en último extremo, administran y dosifican los escándalos de corrupción marcando de este modo la agenda de la indignación. Ellos deciden, qué cadáver comeremos, y cuando lo comeremos. Lo que permanece oculto para nosotros es el porqué. Aunque me atrevería a adivinar que responde a la lógica del silogismo de la deslegitimación del todo por las partes. Los políticos son corruptos, ergo el Estado es una lacra. Así de simple. Es cuestión de medir bien los tiempos y de saciar la voracidad de las masas, sedienta de chivos expiatorios que mitiguen la frustración y el malestar.

No es casualidad pues, que ante semejante contexto que bien podría haber generado convergencias políticas entre los colectivos desheredados, haya ocurrido exactamente lo contrario y asistamos por tanto a un espectáculo dantesco en el que los frentes se han multiplicado al tiempo que las opciones electorales, y las diferentes sensibilidades políticas se baten el cobre por rentabilizar el hastío general en las urnas, perdiendo de vista en la mayoría de las ocasiones el sentido común. Es por esto, que unas cadenas de televisión alientan las posturas de unos partidos contra las de los otros, en un círculo vicioso de incierto final. Como en un ritual macabro, unos grupos exhiben los cadáveres de los otros y viceversa. Algunos recién llegados al juego, exhiben los de todos. Todo vale mientras no se pretendan presentar soluciones plausibles. En ese caso, las publicaciones o programas de televisión que osen morder la mano que les da de comer, desaparecerán de la parrilla por falta de financiación. Así es el libre mercado que financia la libertad de prensa. Cuando eres capaz, por un segundo, de contemplar esta triste realidad, desaparecen los frentes, se desvanecen las opciones, se disuelven como un azucarillo en el café caliente las estériles batallas intestinas entre iguales, y quedan claramente dos contendientes en la batalla. El Capital contra el Estado. El Beneficio Privado contra el Procomún, Unos Cuantos contra Todos los Demás. El antiguo Leviatán, como a Hobbes le gustaba definir al Estado, ha sufrido una metamorfosis, y ha tomado la forma de sociedades de inversión opacas que gustan de poner huevos en todas las cestas del conflicto político. Porque nada engorda más a este Leviatán moderno que el conflicto. Su máxima a seguir es la que reza el viejo dicho: divide y vencerás. Y por el momento, van venciendo porque nos están dividiendo a base de bien. Decía el multimillonario Warren Buffet que por supuesto que existía la lucha de clases, y que la estaban ganando los de la suya. No le faltaba razón.

Nada nuevo en política, al contrario, es todo muy viejo. Una vez inyectado el veneno de la corrupción en el sistema, volvemos probar la infalibilidad del viejo elixir del chivo expiatorio, que soportará todo el peso de la culpa de lo que en realidad es consecuencia lógica de un modelo de sociedad tácitamente aceptado por una amplia mayoría, por acción u omisión. Tal elixir fue dispensado por Hitler contra los judíos, los Estados Unidos contra URSS, o contra Bin Laden, o contra el terrorismo islámico, o China. Bajo esta premisa de la búsqueda compulsiva de un culpable ajeno (a ser posible, único, por eso de la simplicidad narrativa), se han comenzado la práctica totalidad de las guerras contemporáneas, y como podemos observar, la receta se encuentra en perfecta vigencia.

En España tenemos a los políticos. Ellos se han convertido en los culpables de todos nuestros males. Ciertos es, que los políticos simbolizan fehacientemente los excesos sobre los que nuestra sociedad se ha ido desarrollando, pero no son ni por asomo los únicos ejemplos. Ni siquiera son los más escandalosos. Al menos, en líneas generales. Sin embargo se encuentran casi en exclusiva en el ojo del huracán mediático. Algún caso, como el de Zapatero, es paradigmático. Zapatero se convirtió en el saco contra el que de derecha e izquierda se descargaban las frustraciones de todos los españoles. Zapatero era el culpable. Y todos nos sentíamos mejor al decirlo. Era una suerte de terapia colectiva, en la que daba igual por tanto, que se hubiesen multiplicado las compras de viviendas con intención especulativa, o que la gente estuviese adquiriendo coches de alta gama teniendo un sueldo por debajo de la media nacional. Nada de todo eso era relevante. A nadie interesaba hacer autocrítica entonces, y no puede decirse que hayamos variado en demasía el modus operandi, aunque ahora el chivo expiatorio se ha hecho extensivo a toda la clase política.

No pretendo exculpar con esto a los políticos, ni exonerar a nadie de su responsabilidad. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que los políticos han claudicado ante el poder del capital. Es cierto que determinadas conductas son absolutamente reprobables e indignas de representantes del poder público. Es cierto que los usuarios de esas tarjetas opacas no tenían la talla moral que correspondía a los cargos que ostentaban. Todo esto es cierto. Pero no es menos cierto que todos nosotros, hemos claudicado también ante ese poder en mayor o menor medida. Nos hemos dejado seducir, gracias a la inefable maquinaria de control de masas, por los hábitos de consumo que nos ponían delante, por el estilo de vida que nos han ido grabando en la mente desde el cine y la televisión. En resumen, hemos cedido ante un paradigma del éxito individual que no somos capaces ya de cuestionar, al igual hemos permitido que, ante el abismo del desabastecimiento, sean otros los que elijan a quién debemos responsabilizar. Nos hemos creído libres, cuando en realidad no somos más que un experimento conductista a nivel global, en el que la mayor parte del planeta vive bajo el yugo del hambre mientras en otros lugares se compran casas y coches a crédito. Por tanto, puedo decir sin temor a equivocarme, que de haber estado en la piel de ciertos políticos a los que comúnmente despreciamos sin ningún miramiento, la gran mayoría de nosotros habríamos obrado de la misma manera, simple y llanamente porque estamos programados para hacerlo así. Es por esto que si queremos buscar un responsable de la situación, o al menos, de nuestra situación que nos permita avanzar como sociedad, el primer lugar donde deberíamos buscar es en el espejo.

Octubre 17, 2014

http://www.publicoscopia.com/opinion-politica/item/2184-leviatan.html


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