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LA VICTORIA DEL EXILIO - Jan Martínez Ahrens* - Part I

11/09/14
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Hace 75 años, México dio refugio a la España perdedora de la Guerra Civil

Cuenta una historia que muy pocos conocen que hace ya muchos años un profesor de filosofía calvo, discípulo de Ortega y Gasset y buen conocedor del laberinto existencial heideggeriano cerró la puerta de un mundo. Ese pensador, de nombre José Gaos, tomó la decisión hacia 1938, cuando España ardía por los cuatro costados y nadie dudaba de que las tropas franquistas tomarían la capital. A la vista de la barbarie, Gaos, en su calidad de rector, ordenó al jefe de bedeles que echase el cierre a la Universidad Central (hoy Complutense), la mayor de España y símbolo de una cultura que vivía sus últimos días. Clausuradas las puertas de aquel universo, Gaos partió de España. Inició entonces un viaje que representa como pocos el del exilio republicano. Un éxodo que le condujo, al igual que a otros miles de refugiados españoles, hasta México, el país que, como dejó escrito Carlos Fuentes, "abrazó el cuerpo caído de una España libre y democrática". Al otro lado del océano se había abierto una puerta.

Han pasado tres cuartos de siglo de aquel encuentro. México debate acabar con el monopolio del petróleo decretado en 1938 y el ascensor se eleva con suavidad por el más brillante rascacielos de la avenida de la Reforma. En su interior, Frank Sinatra canta con voz de platino That’s why the lady is a tramp. En el ático, a la altura de Life without care, el elevador se detiene y sus puertas de acero pulido se abren en silencio. A unos pasos aguardan Carlos Camacho, padre, y Carlos Camacho, hijo. Nieto y bisnieto de José Gaos. Visto desde su oficina con panorámicas a la inacabable Ciudad de México, el exilio parece haber culminado en una historia de éxito. Carlos (padre) es un reconocido consultor, que ha ocupado altos cargos gubernamentales e impartido clases de economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el criadero de la actual élite dirigente. Su hijo es un conocido y agudo asesor político. Representan esa simbiosis, tan común entre los descendientes, que se siente mexicana a rabiar y, al mismo tiempo, enarbola con orgullo su origen. "Eso no se olvida. Defendemos los valores del exilio y su contribución, que fue posible porque hubo una compenetración de la cultura mexicana y la española", explican los Camacho Gaos.

En su despacho, casi aéreo, destaca una gran fotografía en blanco y negro del presidente Lázaro Cárdenas, el mismo que nacionalizó el petróleo en 1938. Un personaje venerado por los exiliados y sus sucesores. Fue este carismático general revolucionario quien, en un mundo que se precipitaba al abismo, dio la llave de México a los refugiados españoles. Símbolo de aquella histórica decisión fue el Sinaia, un barco de vapor de dos chimeneas, que el 13 de junio de 1939 arribó al puerto de Veracruz. Por sus escalerillas bajaron 1.599 republicanos, entre ellos un poeta llamado Pedro Garfias ("España que perdimos, no nos pierdas", escribió en la travesía) y ese profesor de filosofía calvo, miope y de nariz puntiaguda que, en una definición que hizo historia, calificó a aquellos fugitivos de transterrados.

Eran el primer contingente de la heroica operación de asilo auspiciada por Cárdenas y que, mantenida a lo largo de una década, llevó a tierras mexicanas a más de 20.000 españoles. Casi todos habían tenido que cerrar puertas antes de partir. "Un 25% correspondía a intelectuales; el resto eran trabajadores, pero con niveles bajísimos de analfabetismo y cargados de los valores de la República", señala la profesora María Luisa Capella, experta en el exilio español.

Esta diáspora se abrió camino por los mundos más diversos. Aunque en España ha germinado la idea de que ejerció una influencia eminentemente literaria, con figuras estelares como Emilio Prados, Max Aub, Luis Cernuda, León Felipe o Pedro Garfias, el perímetro del impacto fue mucho mayor y abarcó la ciencia, la medicina, el derecho, la filosofía, la arquitectura, el cine… "Este fenómeno fue posible por la capacidad de absorción institucional que demostró México, un país que ya tenía una densidad intelectual propia. Y no olvidemos que el exilio que quedó en la memoria es el exilio letrado. No fue el más numeroso, pero sí el que dejó testimonio de su existencia", indica la historiadora Clara E. Lida.

 Personajes como el ensayista e historiador Daniel Cosío Villegas resultaron fundamentales en esta maniobra de atracción del mejor capital intelectual de la República. Cosío Villegas persuadió a Cárdenas para que diese asilo a los republicanos, instrumentó buena parte del rescate y, con Alfonso Reyes, fundó la Casa de España, que luego se transformaría en el Colegio de México. Este centro de altos estudios universitarios se erigió, bajo el empuje del contingente de intelectuales republicanos, al que luego se añadieron otras oleadas de refugiados, como los argentinos huidos del peronismo, en una institución de excelencia sin apenas competencia en Latinoamérica y que aún hoy acoge a lo más granado del pensamiento mexicano.

Profundamente entrelazado con el Colegio de México floreció, también de la mano de Villegas, el Fondo de Cultura Económica (FCE), donde los exiliados, entre ellos la familia Díez-Canedo, desempeñaron un papel clave. "Los republicanos trajeron la profesionalización, mejores correctores, tipógrafos, traductores; más autores y títulos", explica Joaquín Díez-Canedo, actual director general de la Comisión Nacional del Libro de Texto y que dirigió el FCE, al igual que lo hiciera su padre, antes de fundar en 1962 con Carlos Barral y Víctor Seix la mítica editorial Mortiz. Dos sellos por los que pasó la práctica totalidad de la gran literatura latinoamericana.

"Las humanidades en México son, en buena medida, deudoras del exilio español. Todos somos hijos o nietos de aquellos transterrados que llegaron a nuestro país e imprimieron profundidad y seriedad a la filosofía, la historia, la sociología, el derecho. Y gracias a su labor en el FCE estos mexicanos adoptivos cambiaron también el perfil de las humanidades en América Latina", afirma el historiador mexicano Enrique Krauze.


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