Logo con las siglas del Partido Socialista Obrero Español.
Cuadrado rojo con letras PSOE en blanco. Símbolo del partido. Cuadrado rojo con un puño y una rosa en blanco.

Secciones
Servicios

Conferencia Política - Propuestas para el Cambio

Sincroniza tu Agenda con la del PSOE

Ir a Tu Tienda PSOE

Suscribete a los boletines del PSOE

JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

Israel en Palestina: tragedia sin fin

14/05/08
  • Del·licious
  • Meneame
  • Facebook
  • Twitter
  • GoogleBookMarks
  • Imprime
  • Comparte
Votar:

Votar:

Israel en Palestina: tragedia sin fin
JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS
 
Hace sesenta años, el 14 de mayo de 1948, se constituyó oficialmente el Estado de Israel. Nació después de una guerra, en medio de otra, y hasta hoy no ha tenido ningún día de paz. Triste destino el de un  Estado que no puede dejar de actuar para la guerra y en el que sus ciudadanos no pueden disfrutar de la paz y de la seguridad. Los padres del sionismo, el movimiento nacionalista judío que desde finales del siglo XIX trabajó para lograr que un nuevo Estado de Israel se estableciera en la tierra de Palestina, donde quiera que estén Theodor Herzl y Chaim Weizmann, se andarán preguntando qué ha pasado para que su sueño se haya convertido en horrible pesadilla.
   Son muchos los judíos que se hacen esa misma pregunta, en la cual les acompañamos otros tantos que, por una razón u otra, nos sentimos vinculados a lo que la tradición judía representa. Sabido es que no hay que identificar judaísmo y sionismo, pero justo por esa diferencia es aún más acuciante interrogarse por aquello en lo que ha derivado la relación entre ellos. Ya advirtieron algunos pensadores judíos hace décadas de que el sionismo, como proyecto de Estado marcadamente nacionalista, volcado a la reconstrucción del mítico Eretz Israel bajo el modo de un Estado secular, pondría en difíciles aprietos al judaísmo como religión y a su legado como herencia cultural. Sin quedar reducidos en nuestro campo de visión a las críticas al Estado de Israel que desde dentro hacen los sectores del judaísmo ultraortodoxo, sí podemos contar con otras referencias. Una de ellas es la que encontramos en Erich Fromm, que en su Frankfurt natal estuvo en contacto durante sus años juveniles con el movimiento sionista, gracias a su relación con Martin Buber, entre otros, pero que pronto rompió con él por pensar que el sionismo entraba en contradicción con la herencia humanista que el judaísmo debía promover desde sí mismo, en claves universalistas, en beneficio de toda la humanidad. Fromm no veía el sentido de una larga marcha atrás en la historia hacia el Estado que no se pudo construir desde que la Tierra Prometida se perdió tras la destrucción romana de Jerusalén. La Diáspora la consideraba irreversible.
 
   Es cierto, con todo, que los motivos que inspiraron la construcción del nuevo Israel, buscando un hogar políticamente estable para los judíos, perseguidos durante milenios, marginados por las prácticas antisemitas y masacrados, por último, en el “Holocausto” (Shoah) llevado a cabo por el nazismo, se vieron reforzados tras la Segunda Guerra Mundial. Para muchos, el Estado de Israel era una oportunidad única, y no sólo para los judíos que ya estaban en Palestina o los que viajaban a ella para sumarse al nuevo proyecto nacional, sino también por lo que podía suponer la realización política de un Estado inspirada en el caudal cultural heredado de una religión que encontraba su “esencia”, a tenor de su tradición profética, en la realización de la justicia. En “la hora de las naciones”, como pensaba el filósofo judeo-francés Emmanuel Lévinas, Israel podía construirse como un “Estado razonable” en pos de objetivos de justicia.
 
   Desde dentro de aquel incipiente Estado, sus impulsores primeros, cuyos ideales en gran medida encontraron concreción épica en la realidad del kibutz, bien podían compartir anhelos semejantes de transitar por “caminos de utopía”, como escribió el ya mencionado Buber. Sin embargo, algo no quedó bien planteado desde el origen mismo de esa empresa nacional, que al bajar del cielo de las ilusiones a la tierra de las realidades necesitó encontrar un espacio en que asentarse. Las miradas enfocadas hacia el territorio del Israel bíblico se tropezaron con lo que iba a entorpecer ese guión, ya antes de la Segunda Guerra y la escandalosa acumulación de millones de víctimas judías en al altar de la barbarie nazi. Palestina era un territorio habitado por una cuantiosa población árabe en sus campos y ciudades, que desde el fin del Imperio otomano estaba bajo mandato británico, pero sin que por ello estuviera carente de proyecto político. Frente a quienes desde el sionismo se plantearon un Estado que hoy llamaríamos “multicultural”, dando cabida a los palestinos que ya estaban allí, la mayoría se decantó por todo lo que quedó implicado en el lema “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Es decir, el Estado de Israel había que organizarlo sin el pueblo palestino, lo cual se intentó al comienzo por el largo camino de ir comprando tierras y se acabó haciendo después por las vías expeditivas de la expulsión masiva de los palestinos. El incipiente ejército de lo que después sería el Estado de Israel,  formado por la Haganá dirigida por Ben Gurión en la clandestinidad cuando Palestina estaba aún bajo administración británica, se encargó de ese trabajo sucio. Prácticas de carácter terrorista, que supusieron incluso ataques contra los británicos, se extendieron a gran escala contra los palestinos. Fromm ya denunció en su día que ese lastre condicionaría desde su nacimiento al Estado de Israel. Podemos constatar que no le faltaba razón.
 
   Es de todos conocida la triste historia del conflicto entre israelíes y palestinos, el cual, desde Oriente Medio, no sólo afecta a quienes lo padecen directamente, sino que envenena la política mundial y tensa de continuo las relaciones entre el mundo árabe y Occidente por el apoyo de éste a Israel –los detalles en contra de ese apoyo palidecen ante la política estadounidense de alineamiento con los israelíes y ante la inoperancia de la ONU, a pesar y desde su Resolución 181 de 1947-. El drama del continuo estado de guerra en que vive la región no hace sino precipitarse en una tragedia sin remisión. Desde la Guerra de los Seis Días, año tras año, el clima cada vez es más violento, de inseguridad para los israelíes, de sufrimientos sin cuento para los palestinos. Éstos han dado reiterados pasos hacia la paz, reconocibles en Oslo, Barcelona, Camp David, etc., aunque no todo lo hayan hecho bien: sabida es la corrupción acumulada bajo el liderazgo de Arafat, como conocidos son los excesos de Hamás, pero eso no justifica las aberrantes políticas puestas en práctica en relación a Gaza y Cisjordania por un Israel que tiene difícil hacer creíble la reputación que pretende mantener como democracia liberal en la región. Han ido fracasando las conversaciones de paz y ganan los muros y las presiones sobre una población sometida a un bloqueo despiadado. Desde Israel se alzan voces en contra de su ciega carrera tras una defensa mal planteada. Son las de las “Mujeres de negro”, que se opusieron a la invasión del sur del Líbano, o las de los escritores Amós Oz –Premio Príncipe de Asturias de las Letras- y David Grossman, o la del político Shlomo Ben-Ami, defendiendo la vía hacia un Estado palestino, contrapuesta a la vía muerta de enfrentamientos inacabables, en el futuro quizá hasta con Irán. De entre todas, quizá sea la voz del historiador judío Ilan Pappé la que con más dureza se alce contra la deriva hacia la profundización de una tragedia que tiene su origen en la tremenda “limpieza étnica” que dio paso a la constitución del Estado de Israel. Su diagnóstico es tan descarnado como lúcido: o Israel reconoce lo que aquello supuso –la gran “catástrofe” (Nakba) para los refugiados palestinos- y actúa responsablemente para procurar una solución justa, en la medida en que se pueda lograr al cabo de sesenta años, o la tragedia se prolongará destructivamente para todos. Al Israel actual, recordando la herencia a la que se debe, se le puede recordar esta pregunta de Lévinas: “¿está tratando de mantenerse en el mundo moderno o de ahogar en él su eternidad?”. Sólo un reconocimiento recíproco que no se vislumbra en el horizonte podrá ser el final de una tragedia que hasta hoy se prolonga sin fin.
 
(Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el 14 de mayo de 2008)
  

Opinión. Tribuna de prensa

  • jpg
  • jpg
  • jpg
barrafooter

w3cPSOE - CEF © Ferraz, 70. Madrid. Tel. 91 582 04 44 infopsoe@psoe.es
AVISO LEGAL Optimizado a 1024 x 800 píxeles | Mapa Web | Contacto

  • Facebook
  • Twitter
  • Pinterest
  • Google+
  • Youtube
  • Flickr
  • RedBlog
  • VoluntariosRed
  • RSS
  • SoundCloud