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Campo de refugiados de ruandeses
Campo de refugiados de ruandeses
"sólo los malnutridos y los gravemente enfermos tenían derecho a un plato de arroz con lentejas y un paquete de galletas."

Entre moscas (campos de desplazados ruandeses)

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Testimonio

Durante más de ocho meses estuve colaborando en la distribución de la comida en un campo de desplazados ruandeses en la provincia de Byumba: sólo los malnutridos y los gravemente enfermos tenían derecho a un plato de arroz con lentejas y un paquete de galletas. Más de una vez tuve que denegar un plato a algún desplazado porque, bajo mi criterio, consideraba que aún tenía fuerzas para aguantar más calamidades de un campo de desplazados. La escasez de ayuda humanitaria nos obligaba a ser muy selectivos, aunque tuviéramos la certeza de que aquel que venía de coger ese plato no lo iba a terminar porque sus días habían tocado su fin. Así de simple; así de cruel.

 

Nunca aprendí el nombre de ningún desplazado, ni siquiera de mis alumnos de catequesis. No puedes encariñarte con alguien que está más allá que acá. En cierto sentido era una forma de protegerme emocionalmente. Porque así cuando veía por mi ventana los cadáveres desfilar hacia un terreno que los misioneros habían convertido en un camposanto, no sentía nada especial. Un muerto, un número, un alivio.Creo recordar que una vez llegué a contar nueve entierros al día, todos muertos a causa de las condiciones infrahumanas del campo de desplazados.

 

Quien no ha visto un campo de desplazados de guerra no sabe lo que significa vivir literalmente en la mierda. Miles de personas apretujadas sobre una colina, la mayoría de ellas durmiendo a la intemperie porque las famosas “casas blindas” eran un lujo para los más afortunados. Miles de personas que hacen sus necesidades donde pueden y que apenas consiguen agua sólo para beber. Miles de personas que llevan más de un año sin ducharse, que se ponen a cocinar a la misma hora, el mismo menú (maíz duro), con los mismos medios (leña). Fue una auténtica maldición para los ruandeses de la provincia de Byumba.

 

Jamás podré olvidar el olor que desprendían los desplazados de guerra, ni la cantidad de moscas que convivían con ellos. La única forma de atravesar el campo en coche sin peligro para los ocupantes era acelerando al máximo para que el polvo espantara a las moscas y a los niños que ingenuamente se acercaban para saludar a los misioneros. Si cometías el error de parar, en un minuto tenías el coche cubierto de moscas y no podías ver nada. Incluso cuando los niños lograban espantar dichas moscas, ellas habían tenido tiempo suficiente para cagar en todos los cristales. Y si vencido por una tierna mirada de un niño, se te ocurría bajar la ventanilla del coche para saludarle, las moscas se metían hasta en tu nariz. Cualquier orificio era un refugio para las moscas. Así vivieron entre moscas los desplazados de guerra de Byumba durante más de tres años. Probablemente hayan sido las peores condiciones de vida que he visto en mi vida, donde la vida no valía nada y la muerte era, francamente, un bien escaso. Desconozco si esos desplazados de guerra de Byumba participaron en las matanzas masivas de abril de 1994. Personalmente dudo que tuvieran suficiente fuerza para matar a alguien. Sospecho que no fueron incluidos en las víctimas del llamado genocidio tutsi porque ellos eran hutu (oficialmente). Lo que sí sabían es que habían caído en desgracia por culpa del Frente Patriótico Ruandés.

 

Es innegable. En la provincia de Byumba, miles de personas fueron expulsados de sus tierras fértiles por las violentas represalias de los chicos de Kagame. A medida que los combatientes de FPR avanzaban, ellos se veían obligados a desplazar sus campamentos. Yo fui testigo de cómo se vaciaba un campo de desplazados: los uniformados lanzan varias bombas al campo y siembran pánico. Los malnacidos mueren, los afortunados empiezan a correr porque saben que en media hora llegará una lluvia de disparos indiscriminados. Los débiles y enfermos se quedan y mueren de hambre porque ningún soldado gasta su munición para adelantarle el viaje. Aquel domingo de abril de 1994, las primeras bombas cayeron a eso de las nueve cuando los misioneros estaban terminando la primera misa. La misa de las once fue suprimida. A las doce no quedaba nadie con fuerza en el campo de desplazados. Cuando pararon los disparos, sentimos una tranquilidad que yo nunca había experimentado en esos ocho meses. Sin ruido, poco olor, poco humo. Pero lo que no sabíamos es que parte de nosotros iba a vivir y sufrir las mismas condiciones en un campo de desplazadosIby’isi ni gatobe gatoki: viceversa (hoy te toca a ti, mañana me toca a mí)”.

 

 

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